Hace unas horas volví de lo de Karli, mi psicóloga.
Es increíble lo bien que me hace hablar con esa mujer. Me da miedo que genere dependencia a la terapia, lo cual sé que no es malo pero no sé, no me gusta aferrarme a la gente o a las cosas que sé que por algún factor, podría terminar.
Y si, pienso de esa forma. Que las cosas terminan, que la gente me abandona, que todo tiene su ciclo, para bien o para mal. Creo que eso es gran parte del problema, que veo el vaso medio vacio en vez de medio lleno.
Hoy en nuestra sesión fuimos un poco más a fondo, hablamos de lo que va a suceder mañana en mi visita con el psiquiatra. En que es una lucecita a final del tunel. Que puede ser el renacer de una vida nueva, que vuelva a encontrar esas ganar de querer vivirla.
También hablamos de mi infancia, supongo que para entender el por qué soy así ahora. Toda mi vida tuve el concepto de que era súper positiva, de que había que ir para adelante, de estar alegre y feliz. Pero hoy por hoy, veo solamente lo malo. Los miedos, las incertidumbres. De que no sirvo para nada. La culpa por todo me invade 24/7. No soy suficiente ni para mi ni para nadie.
Aparentemente, y si bien es prematuro decirlo, todo esto radica en el matrimonio que vi en mis viejos. De que, hasta que ellos se separaron, nunca tuve voz y voto en mi casa. Que no tenía el lugar que merecía para hablar, por miedo, por respeto a ellos, o vaya a saber uno porqué. Y que cuando mi papá se fue de casa, forjé todo el caracter que luego tuve para ahora perderlo con la depresión. Volví a ser la Camila que fui desde que nací hasta mis 16 años.
Falta mucho todavía, hay que investigar hasta los rincones más chiquitos de mis memorias. Pero hoy salí de la casa de Karli más tranquila y serena. Sabiendo que vamos por buen camino, que esa luz al final del tunel cada vez brilla más.
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